Soliloquio
En
el refectorio de Santa María delle Grazie,
indiferente al tropeloso discursar
de los que pasan cámara en ristre,
por apenas segundos
entre mutilaciones y pigmentos,
hago de tu obsesión otra palabra,
mi lágrima inconsciente,
los extraños beneficios
de no haberte encontrado
sino siglos después de esta inmanencia.
Resulta
milagroso,
dicen
al escuchar que hubo corceles
a los pies del profeta,
que ni las bombas pudieron someter
lo que moho y estiércol
nos dejaron,
sobre las cuatro decenas de metros enyesados,
donde tu mano
sigue dándole rostro a la ignominia.
Procura un poco más,
le pide a Ludovico que aguarde,
que reconstruya,
si fuese necesario,
los góticos ascensos,
mientras el tiempo y los fantasmas
se amanceban.
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