La urna
Veinte
años demoró mi padre en volverse espuma
habiendo dejado atrás el gozo y los sinsabores de su oficio
de teclas y espada, compendios y periódicos por doquier.
Su máquina de escribir atiborró cuartillas denunciando las injusticias de los
tiranos,
para que los perseguidos de ayer reemplazaran con creces a sus verdugos
en la meticulosa vocación del poder y la saña.
Pero le faltaba irse, renunciar a lo más postrero de sí, partículas,
soltar amarras como una barca sin brújula.
No sabemos dónde está, pero si lo llamamos
aparece con su sonrisa ingenua, traviesa,
para aconsejarnos y regresar a la niebla.
Habernos
dejado fue bastante.
Padre amarillo como las hojas de tus libros,
mamá preservó tu cofre de bronce cinco mil días
en un estante de madera junto a un cirio por si querías volver.
De su recámara pasaste a mi sala y de ahí a un avión
varios años después disimulado en mi valija,
envuelto en la bandera argentina y un pulóver que aún olía a vos.
Te dije: “Papá, creo que es hora de que sigas tu camino,
ayudame para que todo salga bien”, y emprendimos el viaje.
El 10 de enero de 2011 te recibió una playa en Nicaragua,
tu más triste amor.
Desde entonces navegas esas olas.
De: “Don
de la ausencia”
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