Quise a un caballo
Quise
a un caballo —¿quién era?— me observaba de frente, bajo sus crines.
Los huecos vivos de sus ollares eran dos cosas dignas de verse, con ese hueco
vivo que se hincha por encima de cada ojo.
Después de correr, sudaba —¡eso era brillar!— y yo apretaba lunas contra sus
flancos bajo mis rodillas de niño…
Quise a un caballo —¿quién era?— y a veces (porque un bicho sabe mejor qué
fuerza nos exalta)
alzaba hacia sus dioses su cabeza de bronce: asombrosa, surcada por un peciolo
de venas.
Versión al español de Inmaculada
C. Pérez Parra
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