martes, 6 de octubre de 2026

ÁNGELA MALLÉN

 

 

 

Mediterráneo

 

El Mediterráneo de cuando éramos niños, con sus grandes toallas de colores y su olor a mariscada. El Mediterráneo de nuestros primeros besos y de los septiembres tristes. Ese Mediterráneo donde nacieron las civilizaciones y las lenguas madres, donde se bañaron nuestros tatarabuelos y podrían seguir bañándose nuestros tataranietos. Ese mar cerrado que sin embargo nos abre a los otros pueblos y a las demás gentes. El mar de los turistas color cangrejo y de las carabelas fenicias. El mar de las utopías, de las mitologías, de las epopeyas y de las odiseas.

 

Tenemos tanto que decir sobre el Mediterráneo. Quienes nacieron a sus orillas, quienes nos criamos en su regazo, quienes lo cruzaron agonizando y quienes sucumbieron. Tenemos tanto que decir sobre el Mediterráneo.

 

Tenemos tanto que lamentar sobre el Mediterráneo. Quienes contaminan sus aguas, quienes emponzoñan su cultura, quienes pisotean su historia, quienes tergiversan su presente, quienes saquean sus tesoros, quienes descargan su munición, quienes rearman a sus ejércitos, quienes callan y otorgan, quienes hablan manteniendo equidistancia. Tenemos tanto que lamentar sobre el Mediterráneo.

 

Entre todos lo estamos matando y entre todos podríamos salvarlo. Nadie parece comprender que está en nuestras manos. Que ahí comienza y concluye el camino de Ítaca, que es el camino de la aventura y el de la nostalgia. ¿Cómo resignarse a olvidar las palabras de Kavafis? Y, sobre todo, ¿por qué olvidarlas? ¿Para qué? ¿No son ya suficientes los ahogados, los mutilados, los desarrapados? ¿Hay que seguir viviendo la pesadilla diseñada por quienes no saben soñar ni compartir la realidad? El mensaje estaba escrito desde antes de que naciéramos: no debemos temer a los monstruos si no están dentro de nosotros. ¿Comprenderemos al fin qué significan las Ítacas?

 

 

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