miércoles, 7 de octubre de 2026

LUCÍA PI CHOLULA

 

 

 

Por las noches nos duele crecer

 

Una piedra de lumbre para hervir el agua
que bebíamos después de volar hasta el espacio.

En los noventa teníamos menos de diez años,
vivíamos en una casa de jardines compartidos y cubos de escalera.
Nos gustaba saltar de la ventana al pasto y de regreso
   —así empezaban todas las historias.

Mamá lavaba muy bien las verduras
antes de prender la lumbre.
En los noventa, las niñas y los niños
enfermaban de cólera con facilidad.

Entre mis versos se cuelan la diarrea,
el periodo de incubación y el vómito,
las arritmias por falta de potasio.

¿Recuerdas que llegamos pasadas las 11:00?
No podía dejar de temblar.
De pronto no había luz,
un dolor, sí, un dolor aquí en medio del pecho.

¿Acaso así se siente dejarme?
Moléculas que en un instante se tornan nubes.

Consume jitomates fuente de potasio.
Yo nunca lavé los jitomates.

Sobre la lumbre, el agua se llena de burbujas:
un cambio físico que mantiene intacta
la estructura molecular de la materia.

Hervir el agua durante un minuto
o tres si vives en la Ciudad de México,
        a más de seis mil quinientos pies de altura.
Esto ya se sabía en los noventa
cuando brincábamos todas las historias
y no conocíamos desasosiego.

Un poema sobre mi madre y su olla de peltre,
sobre mi abuela, el cólera y unos jitomates.

Junto las palabras de una infancia dividida.

La epidemia de cólera en 1993 mató ciento noventa y ocho personas.
Hay sitios en los que la gente bebe directo de la llave,
aquí siempre hay que ponerla sobre la lumbre.
Si te le quedas mirando, no hierve.

Por años bebimos agua tibia, libre de bacterias.
Enfermamos de gripa, tos y varicela,
mi madre combatió el cólera hasta que llegó el cáncer.

¿Acaso así se siente dejarme?
Un cuerpo en combustión
que irradia luz, pero no calienta.

Apenas una lumbre,
espacio franco por el que se cuela la luz de la mañana:
   una claridad insoportable de vapores hincha el cuerpo
   como la panza llena de lombrices de una niña
   que pierde la vida en un lugar tan nuestro,
   tan alejado del resto del mundo.

   Como los niños que morían en los años noventa,
   cuando veíamos el canal cinco
   y teníamos jardín
   y no pensábamos y no sabíamos:

                                       aún faltaba que nos doliera el cuerpo.

 


 

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