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Jamás
voy sola a misa;
me llevo los pecados de mi esposo
y su esposa, uno o dos
de mis hijas, alguno de mi hermano
todos los de mi madre…
hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.
Y
Dios, distante y sin moverse
parece consternado ante mis confesiones.
Rezo
en latín —como hacen las mujeres pecadoras—
y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)
me da por penitencia un par de aves marías
que lanzo, pronta, al vuelo.
En
casa
sin bolso ni tacones
me sirvo alguna copa de aguardiente
y observo largo rato un crucifijo.
Y sé
que a Dios tampoco le hace gracia
el que vivamos juntos.
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