"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
jueves, 12 de octubre de 2023
MARIANO PEYROU
XVIII
Miro la red y no pienso en el pez.
Miro la veleta y no pienso en el viento.
Miro el cuchillo y no pienso en el corte.
Miro la semilla y no pienso en la fruta.
LUCÍA PI CHOLULA
Masetero
El día que aprendí las consonantes oclusivas
murió mi madre.
Esa noche se estrechó el tiempo,
contuve el aire cerrando los órganos articulatorios,
y en los molares atrancados
se posó la temperatura de su cuerpo.
El masetero se expande y se contrae
en el grito de esa niña que traga líquido amniótico,
justo en el instante en el que la embiste el mundo.
Movimiento apenas perceptible
para decir lo que olvidamos o para no decir.
El músculo de la contención nocturna
—de los gestos que disimulan la rabia—
lidera el despojo de mi aliento.
Estamos por llegar a la Meseta de Anáhuac:
coyotes uniformados despedazan los cuerpos
que bordan la historia de un lago perdido.
Mi madre murió en la Meseta de Anáhuac
con dos surcos paralelos en el pecho.
Mi abuela murió en la Meseta de Anáhuac
por una grieta en el diagnóstico.
Ahora no queda nadie.
El masetero se complace de la retracción de
mi Meseta,
y el viento estremece la tierra de su cuenca baldía:
llevo polvo de meseta atascado entre los dientes.
MARÍA GONZÁLEZ
Despierto
Un colchón con olor ajeno, la lluvia en el
metal produce ríos.
Estabais tan brillantes esta noche.
No quiero miraros a los ojos, no quiero
buscar vuestras palabras,
no quiero volver el tiempo atrás.
Estabais tan bellos, inocentes,
tan blancos que sonrío solo con mirar el almanaque,
que me cruzo los labios para no volverme,
para no escucharos
me
levanto.
Y me cubro de la nueva tierra.
Reniego de los versos que inventéis para el mañana.
MARIALUZ ALBUJA BAYAS
Vértigo
Mi especialista me aconseja
ser la Venus de Tiziano
mientras me mira sobre un lienzo que no existe.
Que no me deje desplomar, dice, en mi duda
que si algún día…
(esa es la parte que no escucho)
sus ojos tocan mi zumbido
sus gestos silban en mi frágil caracol
entre los huesos que desbordan el canal del laberinto.
Ruedo hasta el piso en un millón de ruidos verdes
clavo las uñas en mi piel
consigo anclar.
ROXANA ELVRIDGE-THOMAS
Ferg
Canta fuego en las entrañas
su único alarido incesante
enfrenta a los profanos
al terror que engendra
el chirrido en ascuas de su aliento.
Hierve la médula arrogante
y el súbito fragor de huesos
funde la nevada a nueve metros de su estampa.
Baja el invencible por laderas
henchido de ardor sacro
ávido de sangre
dispuesto a devorar
cabritos
infantes
campesinos.
Poseso
enfurecido
después de haber decapitado a los intrusos.
¿Qué barrotes sostendrán la ira de este lobo
enloquecido?
¿Qué muros podrán contener su embate?
Baja
tumultuoso
homicida
abatiendo los arbustos con sus ojos
desgajando los peñascos
hiriendo la llanura con la rabia que escurre de su belfo.
Un ejército de jóvenes desnudas compite en
inocencia con la nieve.
Tres veces tres, trescientas treinta y tres doncellas.
Tres veces tres cántaros de agua helada.
Trescientas treinta y tres albercas enfriando la cólera del héroe.
La bestia va cediendo.
Su sangre es soltada por los dioses.
Su carne es abatida por el frío.
Baja la carrera al penetrar el pueblo.
Cuando llega al templo
a ofrecer sus presas
ya es
nuevamente
un
hombre.
(Para
Julio César Toledo)
De:
“Kratos”
ISAURA LEONARDO
IV
La garra metálica no tiene fuerza; eso me
molesta. Me enerva su ausencia de tensión. Para insuflarla de fuerza aprieto mi
mano con la inocente esperanza de transmitirle a la garra una orden muscular.
Esta máquina no tiene sentido, no es como el dispositivo que le permite a mi
madre respirar mejor de noche. Esa caja que le da aire mientras duerme. Esta
máquina no tiene misión en la vida, ni siquiera atrapar los peluches. Su misión
es acaso sostener esa posibilidad: la de un día finalmente tirar al changuito
por la ranura de salida.
