Espinoso
Un
níspero marchito
de espinas puntiagudas y frutos muertos
clavado a la mitad de mi dorso
finge equilibrar las futilidades del mundo.
El músculo que erige la columna
hace semanas dejó de sostenerme.
Cuando
éramos niños mi hermano amaba el chicozapote
—fruto del árbol sagrado—,
lo comía sin recato sentado en su periquera roja.
Yo nunca comí tanto,
siempre me negué al placer de la fruta
que escurre por las manos y lo mancha todo.
A veces, el chicozapote es también un níspero espinoso.
Resulta
casi imposible levantarme de la cama
cientos o miles de fibras puntiagudas
—púas de la calamidad, mecanismos de defensa—
infestan el músculo erector de mi columna.
Será
que nunca comí frutas con entusiasmo,
que a temprana edad me consternó el peso del cuerpo,
que muy pronto se murió mi madre.
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