"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 14 de octubre de 2023
LUCÍA PI CHOLULA
Espinoso
Un
níspero marchito
de espinas puntiagudas y frutos muertos
clavado a la mitad de mi dorso
finge equilibrar las futilidades del mundo.
El músculo que erige la columna
hace semanas dejó de sostenerme.
Cuando
éramos niños mi hermano amaba el chicozapote
—fruto del árbol sagrado—,
lo comía sin recato sentado en su periquera roja.
Yo nunca comí tanto,
siempre me negué al placer de la fruta
que escurre por las manos y lo mancha todo.
A veces, el chicozapote es también un níspero espinoso.
Resulta
casi imposible levantarme de la cama
cientos o miles de fibras puntiagudas
—púas de la calamidad, mecanismos de defensa—
infestan el músculo erector de mi columna.
Será
que nunca comí frutas con entusiasmo,
que a temprana edad me consternó el peso del cuerpo,
que muy pronto se murió mi madre.
KAREL ALEXEI LEYVA FERRER
Frontón
Con
cada golpe
se mapean trinquetes,
laterales,
rebotes.
La furia muscular que los impulsa
traduce para sí
antiguas conmociones,
como si en la vaguedad de tanta adrenalina
se hablara de infidencias.
Se pudiera resarcir,
con mano urgente,
la sensación de la gloria arrebatada,
el claudicar sin propias certidumbres,
cuando rival e inercia se equiparan,
y quedas a merced de un acierto pendular.
Viene
hacia ti la esfera,
la arcana flecha/el plomo que lesiona
con la urgencia
y el hambre de las que nada sabes.
Al menos,
no consigues entender.
Pero
aun así golpeas.
Vacías tu rabia,
haces que nuevamente impacten
las falanges,
el carpo,
las texturas.
Y más allá,
en las evoluciones de este juego,
pareciera que todo es resoluto
entre dos contendientes
y el límite de ciertos coliseos.
AUGUSTO RODRÍGUEZ
Contar
nubes es una profesión antigua
Contar
nubes es una profesión antigua
que te llena la retina de oro.
Cada nube (sobre todo en mi ciudad)
tiene una forma ancestral
que vale la pena observar.
Las nubes se esconden de otras nubes
saltan como toreros entre la sangre
andan en caballos por los campos
gotean vidrios de aire.
Miramos las nubes para ver si alcanzamos
a ver el rabillo de un ángel o descubrir
la casa de Dios.
Cada niño sabe que una nube le pertenece
y la cuida, quiere tocarla y masticarla
como pan de azúcar.
Cada nube trae su propio idioma
y sus recuerdos intactos.
Quiere enseñarnos una parte oculta
de nosotros mismos.
Sabe que el destino humano
está ahí, debajo de sus vértebras.
Cada nube lleva su antorcha y su río seco
a las espaldas.
Navega en calles silenciosas
y poco traficadas.
Cada nube
es como una fruta madura
que se sumerge
en la mermelada del tiempo.
Depende del lector atento
saber descifrar lo que nos diga
y que nos ilumine
con su lámpara de algodón.
ROXANA ELVRIDGE-THOMAS
Mašhīt
Lo
mismo da
que sea en Egipto, en Nínive o París.
Que diques de soberbia los resguarden
o escondan sus anillos en la lengua de los gatos.
Lo mismo da
que una egregia máscara ilustrada
adorne su obsceno bienestar
que
aniden en el légamo
o tuerzan sus miembros en vagones saturados.
Lo mismo da
que esté escondido en nublos
plazas
muchachitos
aguardando el mandato.
Da lo mismo:
Mi luz
tan
pálida
inunda
esos cuerpos
llevándome en el puño el corazón con un suspiro.
El empuje de mi aura desbarata construcciones
ahoga
en pánico callejas.
Mi paso cimbra las baldosas
mis pupilas emanan turbación.
Al unir las yemas de mis dedos
abato sobre altivas nucas cascadas de ardientes pedernales.
Brocal de cólera resbala sobre rostros.
El tajo de mi daga
mancilla brisas
muros
primogénitos.
Soy quien cumple los decretos
quien despliega el producto de la ofensa
quien recorre de púas las entrañas
quien labra monogramas en las frentes infractoras.
Mirando, purgo de rastrojos superficies
rompo las madejas de los cuerpos.
Da lo mismo:
Ellos yerran.
Él
castiga.
Yo
obedezco.
De:
“Kratos”
ISAURA LEONARDO
VII
Esto
es una escena de David Lynch, la máquina de atrapar peluches encendida, con sus
colores neón titilando en medio de un centro comercial vacío o en un paradero
de Tanzania. La música circense sonando para nadie mientras la garra se
desplaza al acecho de un pollo en forma de bola. El eco de esa música y los
destellos coloridos de la máquina atrapapeluches en ningún lugar o en
cualquiera. Ella es todo lo que habita.
ROSA BERBEL
Saquear
el templo
La
fiesta terminó
y la casa ya no era nuestra casa.
Todos
los invitados se llevaron consigo
un trozo de la fiesta, como el que arranca
piedras de un bello templo griego.
Los veíamos marcharse con las primeras luces.
Tocándose la cara, acelerando el paso.
Un árbol cae en el bosque sin hacer ningún ruido.
Nadie lo escucha. Nunca ha existido el árbol.
¿Dónde caemos nosotros?
Nos
han dejado aquí a la intemperie:
no hay paredes, ni casa, ni amor para las cosas
que ya no poseemos.
Tendemos en el suelo el mantel sucio
y admiramos con qué silencio pueden
desvanecerse los lugares sagrados.
Nadie en el bosque, nadie en la ciudad.
Deberíamos
buscar una palabra para nombrar
el gesto de quien queda en la casa
cuando todos se han ido.
Esto es lo que somos.
Se
llama devoción.
