La arquera
—esquela funeraria—
Me
arrié a mí mismo como rústico hipogrifo.
Desierto de los enterramientos.
Mi cadera circuló
por un laberinto tupido de nieblas:
¡Un Zatunzat!
Especulé
algo sobre nuestro ya truncado viaje a Tuchola.
Pensé en el Valle de los Caídos.
Vislumbré un león lloroso, triste, monumental.
Me
detuve frente a Yvonne.
Exangüe, hecha cenizas: ¿para qué?
Una piedra con jaspe falso estaba allí
cercada por otros nichos.
Vi.
Leí con voz grave:
Yvonne Leigh
(* 2002 – ꭥ 2020)
Solemne
e idiota,
tocando mi mollera, susurré:
“Vine a despedirte de mí, Yvonne”.
El
soplo de un aire hielo-huraño
discutió algo indecible contra mi piel.
Me poseyó ese espasmo propio
de nosotros, orates vagabundos,
cuando nos acomodamos entre raíces de ceibones.
Apenas
conocí su voz.
En sus gestos me vi pasar.
Ella me bordea como brisa indefinida.
Niña cuerpecito-de-adobe-precipicio.
Sucumbida arquera de todas mis muertes.
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