viernes, 24 de noviembre de 2023

EDUARDO ESPINA

 

 


 

Y del ruido nacional, ¿qué me pueden decir?
(Las palabras aprenden del pelo largo)

  

Vino el cacareo de carambola y alguien preguntó,
¿a quién pertenece? El gallo seglar, cada gallina en
agua de otras borrajas dijo borrón y cuenta nueva.
Para el desvarío debió ser desempate, tal como los
objetivos son del rijoso con paramento de amante,
aunque la foto tendría más gente joven en la vejez.
Frailes y hermafroditas, garzos y enanos fraternos,
iban al montón tomados de la mano, iban, además,
al baño para añadir un pelo al jopo en la polvareda.
A ese paso, el silbido de las sibilas serviría a todos,
tanto les daba una vaca acalorada como el cangrejo
agradecido pues el sonido de su río seguía de largo.
Era una buena calenda para no dejar de morir hace
poco, era en parte una época pingüe para apurar la
velocidad del sabor cuando los huevos salen poché.
Vaya gallinácea por huir del sartén, la tal cisplatina
de las llamadas ponedoras, porque ponen uno aun
incluido en algún desayuno incapaz de pensar mal.
Entre cálamos aglomerados más que animal moral,
tuvo el momento que ver con el silencio desoído en
castellano llamando al habla para decirle “ven ya” a
las palabras que por algo, siguen sin tener nombre.

 

De: “Mañana la mente puede”.

 

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