Saltando
en la cama elástica
¿Dónde
dejan el trineo los paseadores de perros?
Eso me pregunto. Porque vengo de un lugar extraño.
Y por otra parte, si hay alguien que debería saber
que al tiempo le da igual la distancia entre este lugar
y mi pueblo: ese es un poeta.
Viniste
tantas veces solo para merodear. ¿Y qué fue
lo que nos armó de infinita paciencia? En el hospital
es donde uno comprende que el alma
es un invento sobre el que nos interesa fabular.
Era
tan extraordinaria y única como una hawaiana
manga larga. Ja ja. ¿En serio lo decís? ¿Eso es lo que recordás de ella?
¿Nunca te volviste a enamorar? Mirá: según mis investigaciones
el amor es un suceso, un disco de grandes hits
con solo dos o tres canciones que repiten en la radio
para llenar los baches, cuando los que trabajan
van por un café o simplemente mean.
En
ese tiempo aún no la habían descubierto
en las revistas de mucho tiraje. Era tan dulce!
Pero la ecuación es sencilla: deberíamos saber
que nuestros actos son inútiles
y después ejecutarlos como si tuvieran sentido.
Como
te lo digo: me negué a gobernar sobre el mundo.
Y cada parte de mi pasado se voló con la brisa
cuando abrí la ventana. Noche de otoño. Se estaba bien.
Cada cosa –y yo misma– ocupando un lugar pequeño
en la inmensa estantería. ¿En serio?
¿Sabés
que escribió un poema que estaba dividido gráficamente
en dos columnas eréctiles, como las Torres Gemelas? Y pretendía
que las leyéramos en simultáneo! Me hacés reir. ¿En serio?
Todavía queda alguien que quiere vestirse para llamar la atención.
¿Y qué le dijiste? Le dije que cuando leía una columna, extrañaba a la otra.
Que por eso me gustaba. Y se quedó callado. Una buena manera de salir del paso.
Entonces,
¿no intentó hacerse la víctima? Siempre. Pero le dije:
Con tu papel de víctima me armo un porro. Y dejé el teléfono
apagado, al final del largo corredor. Estaba descalzo. Cuando te volviste
completamente salvaje, es posible que algunos seres salvajes
se acerquen para verte. Es hora de dejar de vagar.
Agarré una musculosa blanca y un palo de escoba
que encontré en el lavadero y armé una bandera de rendición.
La puse en el balcón. Lloviznaba y la noche parecía
una bolsa de plástico transparente a la que alguien llenaba
con su aliento. Fue hermoso: todos deberían rendirse alguna vez.
De:
“Envíame tus poemas y te enviaré los míos”
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