Noche de San Juan
Me fui de Puerto Rico
una Noche de San Juan.
Quiero decir, aullé
por la ventana del avión
como las sirenas y los satos
que nos acuestan a dormir
por la noche. La tradición estipula
que a la media noche debes caer
de espaldas en la mar
al menos tres veces
para asegurar la buena fortuna
todo el año. Las maletas empacadas,
observé desde mi ventana
en Luquillo cuerpos caer
como hachas sobre la salmuera,
quebrantando como troncos río abajo.
Maravillada por la fe
en el agua. En la noche
y el caer en ella.
La creencia en la magia
y una extraña providencia—
cómo podría conjurar
una insurrección, expulsar
al gobierno actual,
desaparecer la maldición
del colonialismo.
Cayendo una, dos, tres,
cuatro veces sobre olas venideras,
una quinta por si las dudas,
esperanzadx que lanzarte
como arpón al océano
cambiará las cosas.
Así vería a la isla por última vez:
tajando la profundidad,
buscando pescar una chapita
de aguante, esperanza.
Así le dejaría:
sabiendo que las cosas
no cambiarían —o peor aún,
cambiarían sin mí.
Todxs cayeron de espaldas
en la falda del Atlántico o el Caribe.
Yo abordé un vuelo
de madrugada. Mi espalda
estremecida, seca, sin
la bendición del agua.
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