Agujetas
Mi padre coloca su pie sobre mi espinilla. Ha
aceptado el hecho que ya no se puede amarrar los zapatos. A meses de cumplir
cincuenta, amenaza con cambiar a velcro, su panza una cúpula a la edificación
de su cuerpo, encubriendo la vastedad
de los años. Halo las agujetas, las llevo por encima y por debajo, a la vuelta
de la esquina, el tipo de maniobra a la cual su espalda se ha
endurecido, convertido en tronco de árbol a lo
largo de una silla, una pared
de yeso. Evadiendo mis ojos, la tierna pendiente de su barriga haciéndose
montaña, pienso en cuánto dobla una espalda cuando se ve obligada. Cómo echa
ramas por los golpes aguantados hace países atrás. Doblando para recoger las
maletas e irse de México. Para recoger las maletas e irse de los Estados
Unidos. Recoger nuevamente e irse de Puerto Rico,
doblegándose más aún en la
súplica para
regresar. Plegándose por una madre alejada, un padre
moribundo, un linaje con agujeros de polilla revoloteando a sus pies. Por un gobierno
en quiebra, puntajes de crédito y la ciudadanía. Para tomarme al hombro cuando
necesitaba consuelo. Allí veo, en su esfuerzo por alcanzar las agujetas, en el
remolino de su boca, todo
lo que su doblar ha desafiado. Él baja su pie, coloca el otro en posición para
esta contienda. Ato su zapato dulcemente, hago un doble nudo a los cordones,
para que no se deshagan y tenga que volver a agacharse.
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