Un
ensayo sobre el duelo
para Lucas
I. Al cavar una tumba para Oxy, un gatito negro atigrado, octubre de 2016.
«Es
muy amargo», respondió;
«pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón».
Stephen Crane
Lindo día, para esta época del año,
sol en los árboles del seto, un solo
gavilán vuela sobre el potrero.
Es difícil cavar esta tierra, y cada vez cuesta más:
quince centímetros y tengo que volver a buscar el pico
para sacar las piedras grandes de la arcilla
y después, con la manta que vamos a usar de mortaja tendida en el pasto,
terminamos en silencio la tarea, parando
solamente una o dos veces
a calcular la profundidad y recuperar el aliento.
Sin nada que decir, desmigajas un puñado de tierra
para que se entibie en tus manos
y espolvoreas la tumba que improvisamos
con esas migas frescas, negras;
y después de un momento sigo yo, respetando el silencio.
Nada que decir, pero me viene a la cabeza, desde lejos,
la voz de una vieja publicidad que me hace recordar
a la Nueva Jerusalén de cada canción
que mis padres me hicieron bailar, papel picado
rosa en mi camisa, la chica de moda,
una quimera de lentejuelas en mis brazos;
nada que tenga sentido, y sin embargo suficiente
para oponerme a ese relato tan de los años cincuenta
de lavanda y naftalina
en el vestido de novia de mi madre, las mangas huecas
más fantasmales que la novia que no tuve.
Tanto que lamentar, ahora,
que apenas doy abasto:
despierto con mis libros hasta tarde, a la luz de la lámpara,
el corazón en un anzuelo, me alimento de todo lo que encuentro,
después duermo hasta tarde, un Neanderthal
contemporáneo, las planicies
implícitas en mis ganglios basales,
polvo que flota en el hall, el sol del mediodía,
y una suerte de dolce stil nuovo en la punta de la lengua.
Tanto que lamentar, y toda esa
casualidad,
esa maldita vocación de defender lo mío
toda la vida, mientras lo que creía sólido se deshacía
como nieve en el calor de una parrilla hibachi.
Veo qué parecidos somos, qué distintos;
y que llegaste a ese estado en el que ser incomprendido
también es una especie de vocación, un árido refugio
al que te aferras porque es duro
y porque es tuyo;
pero debo aceptar que eres propenso al dolor:
y no es un don, en absoluto, sino un tesoro que cuidar
como al latido de un pájaro cantor
que se cayó, y es levantado y protegido
hasta que se anima y vuelve a volar.
En general, como sabemos, esa presencia se disipa
hasta volverse un pedacito de calor en una caja de zapatos forrada de musgo,
pero de vez en cuando levanta vuelo desde tus dedos
abiertos y se abandona suavemente al aire,
mientras se va oscilando hacia los árboles.
De ahí en más
ya no hay canción que vuelva a ser la misma;
te pones a escuchar, a la espera de alguna
señal de curación en los dialectos varios
del zorzal y el petirrojo.
Recuerdo la mañana en que nos fuimos caminando
desde Leukstadt a Susten:
después de la primera nevada, tu hermano y yo
y tú, adelantándote para dejar huellas nuevas
en el sendero, entre las viñas.
Alguien se había marchado, o muerto, y sus uvas
estaban negras en el enrejado,
ya resecas por el frío pero aún
intensamente vivas, a su modo, una indeleble caligrafía
tiñendo los alambres con determinación y arrojo ciego.
Trepamos
por la senda congelada hasta Alte Kehr, la nieve fresca
densa sobre los muros de piedra que rodean la ciudad,
y todo parecía descifrable,
el deshielo en las huellas de un gato que anduvo merodeando
y la luz de la nieve en sus caras, como una bendición.
Por esta zona, oí decir, de vez en cuando
una mujer se levanta de su cama sin hacer ruido,
y sale temprano a la nieve de la mañana
sin dejar huellas mientras camina hasta el final de la senda
sin vapor en el aire, sin sonido, sin rastro;
y aunque sea una de esas que imaginaríamos
como una madre digna y fiel, prudente y amorosa, también sabemos
que ha viajado más allá de todo apego
por el lugar que deja atrás, por los que siguen
adelante ya sin ella:
una mujer al atardecer, de blusa blanca y sandalias color vino,
que canta porque piensa que está sola
o que acaricia al gato mientras las nubes se amontonan
y lo que parecía seguro se prepara para la oscuridad que se acerca,
hojas de parra y aguanieve, setos en flor, sangre y espina de pescado.
De:
“Aprender a dormir”
Versión
de Daniel Lipara
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