Imitación
de la muerte
Alguien
dijo: somos breves aquí en la tierra y en esa brevedad, hermosos. Lo dijo, pues
sabía que después moriremos, o tarde o temprano ya nadie se interesará en saber
nada nuevo de nosotros.
Voy
a ser sincero: los apuntes del cuaderno de Julia apenas me despejaron las dudas
sobre mi jardín, pero aprendí que es valioso morirse: bajo tierra la muerte de
las personas se parece a la historia de una raíz que se va conectando con otras
para abrirse paso por la vida. Julia lo supo, por eso su cuaderno incluye como
apéndice una pequeña selección de salmos que ella misma tituló La siega del
asfódelo.
Traducidos
del griego, fueron escritos en una época en que los creyentes comenzaron a
soñar el infierno como un sitio presente, que se diluía en las conversaciones
diarias. La propia Julia escribió:
Cuando
un familiar moría los griegos aseguraban que su destino era culpa del asfódelo.
Decían tres de los nueve salmos conocidos. Si la poesía lírica desarrolla la
vida de la naturaleza en toda su plenitud, puede decirse que estos salmos son
un bosquejo del mundo. Se cantaban a la intemperie, con la convicción de quien
por la noche camina con una lámpara de aceite y despeja la bruma en las cuencas
de los muertos.
De:
“Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única”
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