lunes, 18 de diciembre de 2023

MARCO ANTONIO MURILLO

 

  

 

Imitación de la muerte

 

Alguien dijo: somos breves aquí en la tierra y en esa brevedad, hermosos. Lo dijo, pues sabía que después moriremos, o tarde o temprano ya nadie se interesará en saber nada nuevo de nosotros.

Voy a ser sincero: los apuntes del cuaderno de Julia apenas me despejaron las dudas sobre mi jardín, pero aprendí que es valioso morirse: bajo tierra la muerte de las personas se parece a la historia de una raíz que se va conectando con otras para abrirse paso por la vida. Julia lo supo, por eso su cuaderno incluye como apéndice una pequeña selección de salmos que ella misma tituló La siega del asfódelo.

Traducidos del griego, fueron escritos en una época en que los creyentes comenzaron a soñar el infierno como un sitio presente, que se diluía en las conversaciones diarias. La propia Julia escribió:

Cuando un familiar moría los griegos aseguraban que su destino era culpa del asfódelo. Decían tres de los nueve salmos conocidos. Si la poesía lírica desarrolla la vida de la naturaleza en toda su plenitud, puede decirse que estos salmos son un bosquejo del mundo. Se cantaban a la intemperie, con la convicción de quien por la noche camina con una lámpara de aceite y despeja la bruma en las cuencas de los muertos.

 

De: “Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única”

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