Fausto
Ojos azules, de bárbaro,
envenenados por el sueño de un cóndor,
y aún las pestañas envisten
todos los bosques posibles.
Porque pasada la niñez
el irreconocible y largo trabajo
del adolescente, la carcajada se alza
frente a un fantasma ensangrentado.
Ese otro mundo posible,
poseedor de un oscuro y poderoso
cuerno que todos tocan,
envenenando todos los nidos,
todas
las camas.
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