sábado, 23 de diciembre de 2023


 

RON PADGETT

 


 

Poema de amor


Tenemos muchísimas cerillas en casa.
Siempre las tenemos a mano.
En este momento nuestra marca favorita es Ohio Blue Tip,
aunque antes preferíamos las Diamond.
Eso fue antes de descubrir las cerillas Ohio Blue Tip.
Tienen paquetes perfectos,
cajas duras en azul claro y oscuro y etiquetas blancas
con palabras grabadas con forma de megáfono,
como para decirle más alto al mundo
“Aquí está la cerilla más hermosa del mundo,
sus cuatro centímetros de pino suave coronados
por una cabeza rojo oscuro, tan sobria y furiosa
y decidida siempre a estallar,
y encender, quizás, el cigarro de la mujer que amas,
por primera vez —y ya nada nunca
vuelve a ser igual. Todo eso te daremos.”
Eso es lo que me diste, yo
soy el cigarro y tú la cerilla o yo
la cerilla y tú el cigarro, quemándonos
con besos que arden hacia el cielo.

  

De: “Cómo ser perfecto”

Versión de Aníbal Cristobo y Patricio Grinberg

 

GAIA GINEVRA GIORGI

 

 

 

la caída


apoyo los isquiones blancos
los fijo a la silla
inclino el arco de la cadera sutil
en un relámpago de lava derramo
el río de tu ser
líquido seminal

la boca que utilizo para hablar
un jardín inglés

yo soy un árbol de final de verano
de todos los vuelos
prefiero la caída



De: “Maniobras secretas”

Versión de María Martínez Bautista

 

JOHN BURNSIDE

 

  


IV Indeleble

Me gustaría mucho que De Hann viese un estudio mío de una vela encendida y dos novelas (una amarilla, otra rosa), colocadas sobre una silla vacía (precisamente la silla de Gauguin), lienzo de 30, en rojo y verde. Hoy mismo estuve trabajando en su equivalente, mi propia silla vacía, una silla blanca y barata con una pipa y un paquete de tabaco. En ambos estudios, al igual que en otros, he buscado un efecto de luz mediante un color claro. De Haan probablemente comprenderá exactamente lo que busco, si le lees lo que he escrito al respecto.

Vincent van Gogh, carta a Theo, 17 de enero de 1889



Muerta hace cuarenta años, mi madre está cortando un corazón
en la mesa de la cocina.
Llueve en la puerta, aunque pronto va a ser aguanieve
y después, de aquí al bosque,
va a nevar.


Los ventanales de esa casa se empañarían
en minutos,
y podríamos haber estado solos todo el fin de semana;
el resto de la ciudad, abandonada, hasta donde sabemos,
sin nada del otro lado del jardín, ni iglesia, ni gente.


Ahora está aquí, en mi cocina, cortando un corazón:
un platito con sal cerca del codo, un puñado de harina
esparcida en la mesa, la radio encendida,
ella trabaja igual que siempre, ensimismada,
con el cuchillo de cocina que capta la luz de este mediodía invernal.


Nunca creí en fantasmas y no tengo un especial interés
de ver otra vez a mis muertos
¿pero cómo no aceptar lo que se niega a desvanecerse,
como el borrón de la pintura en que una mano o un tazón de porcelana
oculta el pentimento de un pájaro cantor


atado, o esa mancha color amapola
que emerge una vez más
cuando blanqueamos la pared del lavadero?
¿Cómo podría el niño que hay en mí
poner en duda lo que me contaron


del amigo de un amigo de un amigo
que presenció esa luz que nadie podría explicar,
un resplandor sobre el estanque donde, hace décadas,
el hijo del panadero se cayó a través del hielo
en el azul parafina de Año Nuevo, cuando nadie miraba?


Recuerdo ese paseo de domingo
cuando paramos en la niebla súbita, los árboles,
una pausa en la blancura extensa como el cielo,
y ella en aquel vestido verde que tanto le gustaba,
tan vivaz que casi estoy ahí de nuevo


aunque no es el vestido ni ella, simplemente
es el color que me lleva hacia atrás,
el verde que te quiero verde en este mundo que no
cesa, mientras vamos pasando
incesantes, pero siempre


cambiando, verde que te
quiero… Y sólo por un momento quiero
detener su mano y decirle
que ya no comemos corazón, o no
en esta casa; no comemos


hígado, tripas o patas de cerdo hervidas
a fuego lento, durante horas, para extraer
sus jugos, pero cuando giro hacia ella
mi madre ya no está y la silla
está vacía, como el espacio muerto en el bosque


cuando talan un árbol, o para ser más preciso,
la silla en el famoso «lugar vacío» de van Gogh
que pintó al irse Gauguin, la luz de la lámpara de gas
azul en la madera pulida y el cabo de la vela, clarísima
y casi insoportable de tan viva.

De: “Aprender a dormir”

Versión de Daniel Lipara,

 

OMAR PIMIENTA

 

 


 

2.

 

Don Marcos siempre habló
con sus manos
siempre fue
mano de obra

por años
en dos países
el mismo día
en dos idiomas
trabajó
con el habla de sus manos

perdió un dedo trabajando
esa ausencia  ese silencio
                dice mucho.

 

SEAN BORODALE

 

 

 

26 de julio: en el jardín

 

Asumo que esta criatura es mi abeja.

Allí está; el pulsante abdomen
acostumbrado, café y claro,
rayado finamente. La lengua
bebiendo agua.

Frágil, concentrada,
no tan sólo para sí. Hace
su parte.

Qué retórica debe ser la mente.
A solas.
Sin ser perturbada.

Ah, ¿cómo leer la mímesis?
y no leer tan sólo lo ulterior,
el ideal de una madre.

Necesita agua en otra boca.
Ella:
consiste en proyectos minúsculos
como éste.

En su tiempo todo
coexiste
no por sí.

 

Versión de Pablo Soler Frost

 

ROBIN MYERS

 

 

 

Alza la mano si alguna vez

 

Ahora que volví a ser niña de nuevo,
todo resulta más interesante.

Tú me resultas más interesante,
el alcohol me resulta más interesante;
mi temor de quedarme bajo el agua es, a un tiempo, más obvio y más interesante.

También los choques automovilísticos me llaman como nunca la atención,
al igual que los rostros de jóvenes mujeres que venden cigarrillos y gardenias,
al igual que mis propios y súbitos ataques de deseo,
los cuales me desangran en torpes direcciones
como dedos de plantas suculentas.

¿Te acuerdas del juego de “Quemados”?
¿Te acuerdas de los machucones?
¿Te acuerdas de la electricidad estática?

Cada rostro es, de nuevo, un parpadeo.
Un perro con correa termina por meterse en todas las preguntas adecuadas.

¿Qué es lo que quieres?
¿Qué es lo que tú quieres?

Quisiera, a veces, echar mano de mis propias manos y sacudirme,
y marcarme a mí misma con mis uñas.

Ahora me doy cuenta de que esto, también, es una especie de éxtasis,
una demanda generalizada:

dame algo útil.

Críame.

 

Versión de Hernán Bravo Varela