miércoles, 12 de julio de 2023


 

MIJALIS PIERÍS


 


Antes de que llegaras tuve un sueño

 

Antes de que llegaras tuve un sueño y en el sueño
un precipicio y de pronto el mar, el agua tibia
nos recibió densa, como un cristal
de leche antes de cuajarse, cristalina
qué mar es éste, susurraste
no es mar te dije es un viaje
al sueño, ¿no ves que todo ocurre
como si la tierra fuese nueva, como si cada cosa
fuese creada para este momento solo?
Y no preguntes qué ocurrirá mañana
porque despertarás del sueño
y otra vez estarás en el tiempo mortal
préndete a mí con fuerza, préndete
te susurré besando tu cuello
y entonces te volviste ave y volaste
y entonces volaste al cielo
hojas, alas y pelusa te volviste
palabras, palabritas, sílabas y lágrimas
de la nostalgia, muchas lágrimas
me mojaron mientras desaparecías…

  

Versión de Selma Ancira y Francisco Segovia

 

 

W. S. MERWIN

 

 

 

Lluvia de luz

 

Hace tiempo nos ven diario las estrellas
mi madre dijo ahora me voy
cuando te encuentres solo estarás bien
lo sepas o no sabes que lo entenderás
mira la vieja casa de tarde bajo la lluvia
todas las flores son formas del agua
las recuerda el sol entre una blanca nube
y toca hileras de mosaicos en la loma
los desleídos colores de la otra vida
viviendo aquí antes de que nacieras
velos cómo despiertan sin cuestionar
aunque todo el mundo arda en llamas

 

Versión al español de Sebastián Rojo

 

ROBERTO ECHAVARREN

 

  

 

LO QUE EL CUERPO requiera para su salud, para su descanso, para su recuperación. Estar bien en sí y disfrutar cada momento de brisa en el cielo vasto de una amplia azotea con el aire que viene del mar

Y sopla una bocanada fresca en los bordes de las hojas quemadas por el frío

Y se aspira hondo de mar

Y marejada fina

Con culebrilla llegando al fondo de los alveolos

Y se está bien

Pero se necesita una dosis de conversación.

Dale al cuerpo lo que pide pero ve todo desde el cuerpo

y por lo tanto no te comprometas

en ningún vínculo que después te atosigue

Baja de la caja encantada del romance

a la experiencia pura y dura

en que cada cosa tiene su fresco dominio

de por sí, y el resto se ordena

como debería ser en las circunstancias.

Mira todo desde el terreno

para tomar en cuenta

las implicaciones del marco

las determinaciones y consecuencias

ya implícitas en el encuentro.

El lente que habías desplegado concernía

a los hechos mismos en su desnudez,

como si estar desnudo

fuese un close-up,

sin tener en cuenta que la plática

posterior y las condiciones y expectativas

se mostrarían tal cual eran,

algo que no quisiste o pudiste considerar.

La torpeza enseña. Da una conclusión

a los hechos y el mercurio fija

la constelación de lo sucedido.

Y todo se gasta en el proceso.

Para llegar a saber: eso no.

Y cada vez te arriesgaste

y los hechos se volvieron tóxicos.

Pero ahora el quieto día de invierno

el aire está vivo ahora un ladrido amarillo

en el fondo de la tarde, de acuerdo

al filtraje del cristalino y estamos de los dos lados

dentro y fuera y se asienta en trasparencia

y el crujido dentro de tu oído

es el ruido de fondo

y el mono asoma sus manos

la lámpara al sesgo las abrasa.

 


BRAULIO PAZ

 

 

 

Proemio

 

La biografía es equivalente a la hechicería. Usa métodos propios de la ciencia —documentación, observación, análisis, etc.— para obtener un fin pagano: la transformación de la base material en oro. Su objetivo último es el más ambicioso y blasfemo de todos como ese Lázaro de Rembrandt en que Cristo contempla con horror mientras le devuelve la vida a un ser humano.

 

CUANDO 3, quizá 4, la muerte fue
un suéter tejido en lana negra y ploma cuyo
patrón recordaba la ceniza esparcida a un
costado de las huertas la mañana después
del día de limpieza. Cuando fui, o espera… ahora
que soy 5, ahora que puedo ver la muerte en los campos,
la muerte es la semilla de uva que ayer tragaste
de casualidad. Mañana tu cama será un árbol
crecido sobre un montículo de ceniza ploma
ahí donde tu cuerpo cesará de existir… la
muerte es el fin del año escolar, porque
antes no sabías que los años acababan y en ello
apareció la ominosa amenaza: destruiste tus
juguetes llorando porque el año había acabado,
ahora eras grande, ahora ya no los necesitas…
 
 
 
PERO CUANDO 6, quizá 7, no lo sabíamos:
solo repetíamos las palabras mágicas que nos dictaba el viento.
La hierba se vio pisoteada, la roca, el agua,
el empozamiento, la mirada volteada…
 
había “cosas” que nos obligaban a cerrar
los ojos, pero siempre las palabras…
 
una reconfortante musicalidad. Detestaría
que piensen en un amuleto cuando les
comento cómo deseché mi nombre
por esas palabras. Cómo trepaba al
molle, cómo servía a mi instinto cuando por
la noche trepaba al árbol desde
mi ventana para fumar entre los gatos… cómo
a pesar de mi fervoroso intento no pude acostumbrarme

             —fumar no es para niños y tú nunca creciste

Quisiera que fuera cierto…
 
 

MARIANA CAMELIO VEZZANI

 

  

 

EL ARCO de tu espalda se tensa
sueño con un ciervo de patas doradas
que baja por una pendiente
levanta la tierra con los pies
las nubes de polvo son azules
tengo un trapecio en el cuerpo
mi espalda la prolongación de la lengua
el ciervo lame el musgo de las piedras
levanta la cabeza
te miro a los ojos
tu mano firme en mi columna
sueño con un ciervo que camina por la playa
agua quieta
el viento excava la copa de los árboles
te escucho respirar
nosotras también un bosque
suelo húmedo de hojas
restos de un muelle que se oxida
ser un animal que brilla
me dices
vámonos juntas
y la idea permanece
esta carta tira de ella

 

 

JORGE AULICINO

 

 

 

El Puente Viejo

Barracas, Buenos Aires

 

1

El estrecho puente sobre el que
un mediodía de invierno se detuvo el Citroën 3CV
y lo arrancaste a manija, fines de los 70,
cuando atronaba el silencio del mediodía
y el agua densa remaba como una mala digestión,
hacia el Plata.

¿A quién le importaba la paradoja, en tanto retórica?
Era olvidable, mucho más que las chapas del Citroën
que se sacudieron cuando engranó de nuevo
el pequeño motor de dos cilindros.

Estacionaste el auto y en el húmedo y cálido útero
del bodegón El Puentecito comiste
una gigantesca milanesa a la napolitana.
 
 
2

En el nuevo puente Pueyrredón, a unas cuadras,
una mañana de primavera se quedó parado el trajinado
      Peugeot 404,
porque no funcionaba el indicador del combustible,
y tomaste a tu hija en brazos, bajaste el puente, volviste con el
      bidón lleno.
La normal circulación no se alteró.
Tu epopeya fue tan mínima
que, en comparación, la de las hormigas junto al surtidor,
empeñadas en deshacer un pedazo de pan y transportarlo,
fue la hazaña gigantesca de ese día.
Pero todos los días estaban hechos de pequeñas epopeyas
y muertes silenciosas.
 
 
3

El olor del Riachuelo te despertaba cuando volvías de un viaje.
Era la señal de que estabas en casa. La ciudad resurgía en la
      ventanilla
como si no la conocieras.

El olor del Riachuelo era indescriptible, no era orgánico, era
el de la putrefacción de los metales
si fuera posible, un olor a maceramiento de ácidos y aguas
      cloacales, pero no repugnante;
era el olor de tus cosas, del borde de tu ciudad,
como el de un cuerpo que recién se despierta y deja
un suave hedor sobre la sábana.

(Bajo un puente, se hundió
      un tranvía en 1930.
El poeta Tuñón tenía 25 años y mencionó en la crónica
      que un obrero joven llevaba un sándwich de milanesa
      en el bolsillo.
Una milanesa simple, no una napolitana
como la que comiste en la orilla aquel invierno,
cincuenta años más tarde, en el borde
del agua negra y familiar, en el borde también de la ciudad
de los hechos,
de las cosas que se quieren y siempre son lejanas.)
 
 
De: “El libro de los lugares sagrados”