El fénix mortal
Hay
en los himnos que entonamos
una flauta,
y en la flauta que nos serena
un fuego,
y en el fuego que encendemos
un fénix verde,
pero en la elegía del fénix no hallo
el rastro de tus cenizas.
Una
nube de lilas basta
para ocultarnos
la cabaña del Pescador. Camino
como el Señor sobre las aguas. (Ella me dijo:
que el desierto no invada el recuerdo con que te sueño,
ni otros enemigos las rosas
que despuntan entre las ruinas de tu casa.)
Parecía
agua el anillo que rodeaba
la cima del monte. Tiberiades
era una plaza menor del primer paraíso,
y yo dije: con unos ojos verdes
se culminó la Creación.
Y ella dijo: oh príncipe mío prisionero,
pon mi vino en tu copa.
Arden
los dos extraños que nos habitan.
Los mismos
que querían aniquilarnos hace nada.
Los mismos
que volverán a sus espadas de aquí a nada.
Los mismos
que nos dicen: ¿quiénes sois?
—Dos sombras de lo que fuimos, dos nombres
del trigo que brota en el pan de las batallas.
No
quiero volver, no soy
un cruzado que vuelve,
soy el silencio absoluto
que habita entre dos caras:
la del dios
y la de quien se hace
un nombre.
Soy la sombra que camina sobre las aguas.
Soy el devoto y la devoción,
el templario y el templo
en la tierra que me asedia y te asedia.
Sé
mi amante entre dos guerras en el espejo
—me dijo—, no quiero regresar ahora
a la fortaleza paterna… Llévame a tu viña
con tu madre, perfúmame con agua de albahaca, viérteme
en cálices de plata, péiname, que me encierre
la cárcel de tu nombre, que me mate tu amor,
despósame, emparéntame con los ritos del campo,
hazme diestra en la flauta y que tu fuego me abrase: que como el fénix
renazca de mi fuego y el tuyo.
Algo
que parecía el fénix
lloró sangre
antes de caer al agua,
a un paso de la cabaña del Pescador…
¿De
qué sirve mi espera y la tuya?
Versión de Luz Gómez
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