martes, 27 de octubre de 2026


 

HAIA MOHAMMED

 


 

Instrucciones para vivir un genocidio

 

1.- Recibe al dolor con los brazos abiertos y agradece que te haya llegado. Antes de este dolor, eras una persona, y a través de él, te has convertido en otra, llena de sabiduría y madurez. Este dolor te ha forjado.

2.- Agradece las pequeñas bendiciones: empieza por el cuerpo con salud, un sorbo de agua, un plato de comida, el cielo vasto a tu alrededor. Las nubes blancas y los pájaros te recuerdan a la libertad, el mar, las estrellas, y blanco de nuevo.

3.- Lo que sucedió en el pasado ya sucedió y terminó. Tú vives hoy y el futuro está hacia adelante, el pasado es una historia que se acabó.

4.   Intenta cantar y bailar bajo la luz de la luna, sonriéndole al cielo, gritando con el mar, jugando a las carreras con las olas, o recordando lo que hacías en tu infancia, y ríe como nunca antes.

5.- Vive tu día como si fuera el último porque sólo estás viva ahora. No pienses en las pesadillas pasadas ni tengas miedo al futuro porque esas son cosas que no posees. Valora lo que tienes y házlo tuyo.

6.- Siembra un árbol, cuídalo y míralo crecer. Indescriptible sensación.

7.- Corre bajo la lluvia y respira.

8.- Comparte tu dolor con un amigo cercano o pariente, pero escoge a la persona correcta y distribúyelo sobre dos espaldas en vez de una.

9.- Permite que tu autoconfianza se alce en vuelo con los pájaros. No eres una persona ordinaria; te has enfrentado a todo el dolor sola y sigues aquí. ¿Qué fortaleza hay dentro de ti? Nadie conoce tu historia, no permitas que juzguen. Levántate y coloca en su sitio los trozos que quedan. Muéstrales quién eres.

10.- En medio de la noche, mientras todos duerman, levántate a rezar y pide lo que deseas y necesitas. Él está aquí, en el primer cielo, más cerca de ti que tu yugular, escuchando y atendiendo tus plegarias.

11.      Tal vez Él te dio y te quitó, y tal vez Él te quitó y te dio. Cuando Él abre la puerta del entendimiento en el quitar, el quitar se vuelve la esencia misma del dar.¹

12.-Algunos dolores son demasiado grandes para ignorarlos, evitarlos o intentar aceptarlos. Vive con ellos. Con el tiempo, morirán.

13.- Mira al universo, míralo de cerca, y piensa… ¿No es magnífico? Todo él está hecho para ti. ¿Aún crees que eres nada?

14.      Haz el bien y sigue adelante. El bien llamará a tu puerta en la noche más negra cuando pensabas que estabas sola.

15.- Sonríe sin importar el dolor; la tormenta pasará, los vientos se calmarán, y la luz del sol llenará el rincón más recóndito de tu corazón.

16.-Sé valiente por ti misma. Pelea con valentía incluso en tu debilidad. Pelea porque tienes algo que otros no tienen, y será la herramienta con la que peleas hasta el último aliento. Y sé bien consciente de que triunfarás.

17.-Abre los brazos, y vuela.

 

Versión de Juana Adcock

De: “La edad de los olivos”

  

1.- Nota: Ahmad Ibn Ata’Allah al-Sakandari.

 

KANEKO MISUZU

 

 

 

Después de la lluvia

 

Las hojas bajo la sombra
están llorando,
lágrimas escurren de ellas.

Las hojas bajo el sol
ríen alegres,
sus lágrimas ya se han secado.

Pero a las hojas bajo la sombra,
¿quién les prestará
un pañuelo?

 

Versión de Alonso Núñez Utrilla

 

JORGE ESQUINCA

 

 

 

A Francisco Magaña



I

El poeta se detiene en el núcleo de un universo, contempla el enigma.

Detenerse. Contemplar.
La semilla de lo que se mira puede ser minúscula.
Emerge de un centro unánime en el universo
de variables infinitas. Búsqueda de la palabra justa, indispensable para nombrar eso
—y no otra cosa cualquiera.

 


Comentarios a diez líneas del «Wen Fu», de: “Oscuro mundo hechizado”.

 

Nota: El «Wen Fu» es un tratado sobre el arte de las letras. Fue escrito por el poeta chino Lu Chi, quien nació en el año 261 d.C.

 

MONTSERRAT RODRÍGUEZ RUELAS

 

 

 

El lenguaje de los afectos

 

Mi perro renuncia al rayo.
Deja al sol en su sitio
para despedir el naufragio de lombrices
que abandonó la lluvia.  

Se cansa y chilla.
Me mira a los ojos.
   Yo le entiendo.

Por él renuncio también al rayo,
tomo la vasija sagrada
y la lleno hasta el borde.
¡Agua limpia!

Él sabe.
De todos los recipientes olvidados en el patio,
de todos los cuencos que reciben el sonido de las gotas,
éste es para él.
   Mi perro entiende.

Por eso no puedo creer que tú,
que hablas el mismo idioma
y eres de la misma especie,
malinterpretes esto que te digo.

 

 

CLAUDINA DOMINGO

 

  

 

Semilla de la raíz

 

en la playa un hombre arroja migas de pan
cuando llegan las gaviotas toma vuelo y salta entre ellas
desbaratando la breve parvada que resiste
a pocos metros de la arena
en el aire revuelto que eriza la superficie del agua

no es éste el mar del Caribe que recordabas
(esa sábana transparente anclada al fondo marino):
aquí (en el paréntesis febril de enero)
el agua da fuertes lengüetazos al paladar del muelle de altura
y las parejas se besan en la breve oscuridad
del diminuto malecón que lo sigue como puntos suspensivos
una pescadora me mira fatigada
y un deportista lanza largas lazadas al mar
cuando recoge un pez le quita las agallas y las avienta al suelo
un pelícano (inmóvil junto a él)
se lanza sobre ellas con velocidad abisal

también es una caña lanzada al horizonte la parábola de asfalto del muelle:
naufragio de uno de los anillos de Saturno
¿qué pensaría tu abuelo si en un sueño de su niñez
(clara y descalza como todas las infancias mitificadas)
se hubiera topado con el moderno muelle de altura junto a su pueblo
(reconocible porque todos los úteros nos dejan un tatuaje
idéntico a la cáscara de coco en la frente:    
un tatuaje invisible salvo para el niño calcáreo que ha quedado dentro)?
te cuesta trabajo imaginar ese pueblo remoto que es este puerto casi aéreo:
aquel sitio que arrastró a tu abuelo entre enfermedades y accidentes
(como entre grietas con cuchillos)

las redes con que el pueblo se alimentaba eran dobles: poderosos cables
que nacían en lo hondo: espejos de los hilos que sumergían los pescadores
porque el mar también se abastecía:
formaba reflejos de las personas y los objetos que vivían junto a él
y las redes espejadas se batían en complicados duelos transparentes
por las noches

(por motivos oscuros como caminos sin luz eléctrica)
un joven que sólo había escuchado las olas mientras dormía
salió a mediados del siglo de las comisuras del mar
como si de pronto (en un remanso del oleaje) hubiese escuchado en su sangre
quebrarse el murmullo de los caracoles
mientras nacía un difuso pero pertinaz canto de caobas

quieres entrar al mar pero está picado y hace frío:
qué extraño este cielo tan blanco (bilis blanca de la bilis negra marítima)
que insólito este Caribe montaraz y blanquecino en su boxeo de olas
los camiones de carga pasan sobre el anillo náufrago
y bajo el inesperado resplandor del sol
te preguntas cuál de los paisajes le gustaría más a tu abuelo:
el brillante que da al horizonte marino o el que seguro se advierte desde el muelle de altura:
quizá desde arriba se vean todavía los tentáculos de las redes de agua

 

De: “Reconquista del Reino de Kaan”

 

JORGE AULICINO

 

  

 

Ovnis y fantasmas

 

Ah el tinte rosado
de la estación de trenes
al caer el sol.

Penetrada de desierto,
ampara el deterioro de rudos mecanismos,
trenes de carga con olor a vacas,
un olor brusco a amoníaco.

Un objeto celeste no identificado vuela sobre el cielo traza una cansina semicurva,
se detiene casi, flota,
y arranca de nuevo a gran velocidad.

Es probablemente una garza del lodazal cercano
donde crecen juncos tacuaras hierba lánguida.

A los pocos espectadores de la hora
—¿una nena que mira por una ventana,
un peón que se demora
en la puerta del taller ferroviario?—
le da lo mismo qué cosa es para sí el objeto:
pato, ovni o gallareta;
es otro fantasma de la naturaleza que decae,
enternecida por el sopor de invierno,
el rosado de las paredes como el del horizonte,
los galpones,
la blanda mugre que exhala
desde los vagones,
la quietud casi absoluta de un tiempo
vacío y legendario.


De: “El hombre del codo”