Barcos
anclados frente al puerto de Lima
Decenas
de barcos anclados frente al puerto de Lima
iluminan el mar esperando el momento
de desembarcar su carga. Ojalá estuvieras
conmigo para verlos, Nicole; son hermosos
como luciérnagas nadadoras. Pienso
en lo que llevarán a bordo: frutas exóticas,
fiebres tropicales, roedores, polizones,
artículos de usar y tirar made in China
como antaño las porcelanas.
Pienso
en los barcos y pienso en nosotros,
pienso en sus cargas y pienso
en nuestras cargas, pienso en qué razones usarán
los comandantes de los puertos para decidir en qué orden
desembarcarán sus contenedores. ¿Cuáles son los criterios
de urgencia? ¿Antes lo que caducará antes, después
lo superfluo? No lo creo; nuestro tiempo
ama tanto lo superfluo…
Pienso
en los barcos y en su orden
de descarga y pienso en nuestras vidas y en las vidas
que del mismo modo desembarcan en las nuestras;
¿cómo decidimos el orden en que lo hacen?
¿Nos limitamos a dejarlas abordar nuestra costa
en el mismo orden en el que llegan? Lo dudo;
hay épocas de la vida en que lo damos todo
a cambio de una fiebre tropical, o en que necesitamos
con tal ansiedad una fugaz baratija… Míranos a ti
y a mí. No estábamos destinados el uno al otro;
no creemos en la bisutería, no al menos en esa
del amor y el destino. Nos elegimos
entre las luces fondeadas frente a la costa,
más por intuición que por orden.
Y resultamos ser lo que esperábamos cuando ya no
o aún no lo esperábamos. ¿Traerá también una sorpresa
parecida alguno de los barcos anclados esta noche
frente al puerto de Lima? Ojalá estuvieras conmigo
para verlos, Nicole; son hermosos como nosotros
justo antes de adivinar, entre las luces repetidas,
al pasajero que llega por fin a su destino
algo aturdido por el largo viaje, con el rostro iluminado
por las luces de la ciudad tanto tiempo anhelada.
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