El
buey
¿Por
qué pararme, bestia, a elogiar
tus flancos pálidos, tu rojo lomo,
los rizos de tu frente, que no dan
alegría a tus ojos pesarosos?
Yo
no entablo amistad con el ganado,
las ovejas, las aves que no vuelen,
pues no viven según naturaleza
y es el hombre quien los sentencia a muerte.
Porque,
aunque yo te concediese un nombre
y cuidase de ti por hoy tan sólo,
¿dónde estarás mañana si despierto
y hacia ti vuelvo, ávido, mis ojos?
Pues
no, no perderé lo que no encuentre,
no tengo para ti gozo o tristeza.
Así que aparta tus enormes ojos,
que a través de la verja me contemplan.
¿Ves
ese petirrojo solo, quieto,
en la rama sin hojas del manzano
con su pecho rojizo, como un último
fruto que por azar nadie ha arrancado?
Sólo
con que le haga yo algún caso
vendrá todos los días a mi puerta
y es Dios, no el hombre, quien decide cuándo
el petirrojo ya nunca regresa.
Versión
de Gabriel Insausti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario