El
aborto
Para
abortar, elegimos la casa del pueblo,
como la perra que se retira a una caja
para parir cachorros de gelatina inmóvil.
Pusimos el colchón frente a la chimenea
y esperamos a que llegaran las contracciones.
Bajó el peso al tapón de mi vientre
como una red de peces indóciles
mecida por las corrientes internas de mi sangre,
oceanografía prenatal que hacía sólo dos días guardaba
la forma de una vida suave y clemente.
Por la temperatura supe que se había detenido,
me tocaste y en un acto reflejo te alejaste de mí
como si la muerta fuera yo, desconocida,
y tú fueras el vivo de otra mujer.
Estaba fría,
a temperatura ingrávida,
pero también a cuarenta grados libido-celcius,
y aun entonces,
con las coces de la despedida golpeándome,
con la carne de nuestro hijo vuelta en contra de mí,
te empujé hasta el filo del colchón,
metí la cabeza bajo la manta,
y busqué tu piel.
Te agarré el sexo,
lo tensé hacia la chimenea, hacia las ascuas,
luego lo retraía, y otra vez hacia la chimenea,
ya más largo, engrosado, ya con ese mismo gesto
con que me habías lanzado el hijo dentro.
Me recordaste las indicaciones del médico:
hay que evitar una infección.
Me rechazabas para protegerme,
insistías en cuidarme, el rechazo me enfurecía.
¿Por qué se me presupone fortaleza para parir un hijo sano
y no para excitarme mientras sobrevivo?
Aquella noche supe lo que es el deseo, y vivir, y morir.
No habría felicitaciones ni regalos
ni (afortunadamente) conversaciones sobre el parto
con las madres-madres,
las que cruzan victoriosas la línea de meta
y se permiten el sexo
sólo cuando los puntos han cicatrizado.
No habría leche, consejos, exámenes de mamá lactante,
no habría visitas,
y
por un momento me sentí liberada:
No, no habría hijo.
Entonces algo cambió también en ti,
sin aviso y sin ningún indicio de acercamiento
te diste la vuelta,
volcaste tu boca sobre mis pechos, hinchados
porque aún ignoraban la pérdida,
fuiste bajando la cabeza,
sin demasiado cuidado me separaste las rodillas,
miraste,
viste la dilatación,
yo vi en tus ojos mi hueco,
ese hueco como si fuera un animalillo mojado caído en un cepo.
Apoyaste tu cabeza entre mis piernas
y así te quedaste un rato,
sintiendo las contracciones contra tus sienes,
ayudándome a parir,
amoroso, amante, extraordinario,
acompañándome en el parto de nuestro hijo
que no alcanzó a saber lo que es el deseo
ni a vivir
ni a morir.
De:
“Nana de la medusa”
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