Una joven de la calle Sandia camina por el Louvre
Soy la última flor de otoño.
Edith Södergran
Yo, la abandonada y melancólica,
que siempre soñó con un príncipe
de ojos almendras y camisa limpia,
acaso un joven que se dignara mirarme
y detener las crines de su potro salvaje
en medio de esta calle miserable,
y me arrancase de ahí
como un diamante en medio de la mierda,
estoy ahora frente a un óleo de Leonardo
y no me explico por qué otra gente,
llegada de remotas galaxias,
registren el rostro de esa extraña mujer del XVI,
cuando soy yo, en realidad,
el ángel pálido y abandonado
en los pasillos del Louvre que sonríe
a la muchedumbre y a la muchacha sucia
que llevo dentro y que apenas aspiraba
ver los marchitos ojos de La Gioconda.
Que quede por lo menos
como un tatuaje en mi alma este viaje,
que nunca soñé, que nunca pedí,
para ver mi rostro en el rostro
de una extraña dama del XVI.
Ni más ni menos, un tonto consuelo,
una Mona Lisa bajo el cielo infinito de París.
De:
“Sala de espera”
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