Mamá
se niega a comer un plato de avena
Te
digo, madre, bebe la luz tibia que se agita en el vaso,
come estas manzanas, guarda en tu boca un poco de miel y anís.
Tú prefieres regar los helechos, aplazar el hambre,
lavar la casa, limpiar las grietas hasta que se derrama la noche.
Estoy segura: perseguir el polvo es un viejo truco
para no escuchar la rabia de tu estómago.
Dime, ¿por qué encadenas el apetito a las patas de la mesa?
¿Por qué huyes del alimento como si dentro de tus ojos
no crecieran fantasmas insaciables?
UN
DÍA se le pudrieron todos los dientes.
Cayeron uno por uno
igual que la corteza gris de los árboles enfermos.
Remojar las muelas en Coca-Cola
parecía buena idea para entretener con azúcar
a los abismos de su boca.
Sepultó
los rayos de sol en una caja de caramelos
y apresó sus pasos en los laberintos de la casa.
Su habitación era un bosque de alaridos y restos de papas fritas.
Lloraba junto a los grillos al amanecer.
Lloraba cuando se agotaba el chocolate o el pan dulce.
Lloraba de hambre. Hambre inagotable.
Aunque
su estómago se sintiera
como un viejo patio invadido por los insectos y las yerbas.
Sin
darse cuenta ató sus lágrimas a la cama,
el terror a los espejos la encerró entre cobijas polvosas
desde agosto hasta la primavera.
Odiaba la punzada en los riñones,
la hinchazón de las encías,
la carne blanda de sus muslos porque le recordaba
la piel de los cerdos.
Pronto aprendió hablar en el idioma de las cosas muertas
y pronto ya no había ni boca ni llanto,
solo existía el hambre.
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