AHORA
PUEDES contemplarte:
Signo
agrietado, informe figura de ceniza.
Eterno
presente de deseo es ahora esto
Huellas
del tiempo aterido sobre tu parda memoria
Deshilachándose
en las líneas de tu carne.
En
la oquedad de tus ojos aparecen
Tensos
rostros hendidos por los años
Crisálidas
impúberes de senos temblorosos
Bogantes
caderas sobre una lívida acuosa pupila.
Todas
ecos de los días de placer
En
cuartos de cuerpos que se deshacen
Como
elipsis de humo hilvanando
Formas
sobre el vacío.
Recuérdate
así,
Revolcándote
sudoroso bajo un tímido
Hálito
de luces sobre ella. Penetrando
Su
extensa concavidad edénica, su rostro
Sin
nombre, su nombre sin rastro: hembra u hombre
Quizá
súcubo o íncubo errabundo,
Igual
que tú, buscando abrazos, besos o abismos.
Era
el mejor de los tiempos
Edades
de luces y tinieblas
Todo
lo tenías y nada
Cielo
e infierno juntos
Y
tú, pálida Venus, efímera Beatriz
Del
edén subvertido.
Y
ahora te observas
Símbolo
interrogante frente al espejo
Lejos
ya del paraíso insolente
Del
caminar sin prisa y a tientas
Solo
ruinas de pájaro sin rumbo
Certeza
recóndita de ser mañana incierto.
Acaso
percibiste la certeza de la muerte?
Las fisuras
de tu rostro grises
Surcándolo?
–No. Sólo un tiempo había:
Un
intervalo entre el antes y el ahora
Imponiéndose
desde dentro
Y
hacia el vasto litoral de huesos
Aventándote.
Luego
vinieron ellos:
Los
anónimos cuerpos en lucha
De
amor trabados, impacientes
Y
amontonados como nubes que se erizan
Sobre
un retrato de ceniza y olvido
Lejos
de la memoria, dijiste.
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