miércoles, 31 de enero de 2024

MARINA PEREZAGUA

 

  

 

Gluten

 

Soy madre-gluten,
si tuviera forma de bizcocho o panecito,
alguien podría meterme en un colador,
echar agua y remover
para separar el gluten de mi cuerpo,
dividir al yo-gluten del yo-madre.
Lo supe tras el accidente,
despertar, los gritos de nuestra hija,
correr,
dejar su llanto atrás,
atemperado por la distancia.
Eso debe de significar algo,
algo que ya sabía nuestra hija,
que con apenas seis años reclamaba mi atención
cuando el mundo y ella con el mundo
desaparecían para mí sin ningún motivo especial.
Yo pensaba que no era una cuestión de amor,
y no puede serlo,
pero tras el accidente corrí,
sola.
Vinieron días de mirarme los hematomas,
traté de culpar a la contusión,
al momento confuso,
pero yo lo sé, sé que la niña sabe
que esa también soy yo,
que la madre que la quiere
es madre que se fue
y no sólo tras el accidente,
sino antes, y después,
madre que podría volver a irse
por una puerta de salida
que existe sólo para mí
y lo que quiera que sea yo,
yo en profundidad,
yo tal vez en sinceridad,
tal vez en oscuridad.
También la concepción de nuestra hija
sucedió al margen de mi consciencia
en aquella cama de un hotel de Cuenca,
en la que me tendiste demasiado bebida,
desmayada,
y no resististe la fantasía de follarme sin mi
consentimiento.
Lo grabaste, se ve en el vídeo,
los pantalones medio bajados,
estoy de lado, toda yo inerte,
pero las tetas se mueven por tu empuje,
las miras excitado, pupilas oscilantes
como un puntero láser cuya luz rastrea nerviosa
la presa.
Cara de animal,
gemidos de animal,
me giras la cabeza a un lado y a otro,
compruebas que podrías no tener mi permiso,
que de hecho te gustaría no tenerlo,
que podría estar drogada
o ser una desconocida,
y así, noqueada,
me ocupaste con nuestra hija.
Nuestra niña sabe que a veces está sola
aun cuando su madre puede evitarlo,
y comprueba que a veces
(a veces) llantos anónimos me llegan antes.
Yo quisiera negarlo, pero es inútil,
lo sabe.
Hoy ha vuelto de la escuela
y me ha dicho: «Soy alérgica al gluten»,
entonces he sabido que me ha visto al completo,
que evitar el gluten es el talismán que ha encontrado,
porque no sabe entender de otra manera
que el amor es posible e injusto al mismo tiempo.
Querría explicarle qué es el gluten,
pero ni siquiera los adultos lo entienden.
De acuerdo con las encuestas
un tercio de los norteamericanos evita su consumo.
De estos, el noventa y cinco por ciento
reconoce no tener síntomas tras su ingesta
ni haber sido diagnosticado con ningún tipo de
intolerancia,
y la gran mayoría se manifiesta incapaz de explicar
en qué consiste, qué es el gluten.
He ido con ella a la cocina
y para mostrarle el aspecto de su miedo,
he puesto una magdalena en un colador,
la he sumergido en agua
y la he amasado hasta que ha quedado reducida
a una suerte de pasta chiclosa,
plástica, elástica.
Nuestra hija ha hecho con ella una pequeña bola
y luego la ha estirado en una suerte de largo cordel
blanco.
Esto es lo que temes, le digo,
sin decirle que en esa masa hay parte de mí,
sólo he tratado de hacer de su miedo un juego,
pero no le he dicho lo demás,
las razones que llevan a que
casi ciento diez millones de norteamericanos
lo eviten diariamente,
un conjunto de proteínas casi siempre inocuas
que hace falta desconocer,
seguir temiendo y retirar de nuestra dieta
para tener la sensación de que salvarnos
es un acto cotidiano que depende de nosotros.
Nuestra hija juega con el gluten como si fuera
plastilina,
pero aún dice que tomárselo le haría mal en el
estómago,
está convencida,
y cuando le doy un trozo de pan
se agarra a mis piernas y llora
como si bajo nosotras se abriera un precipicio.
Busca mi agarre en el miedo al bizcocho,
a los pastelitos que antes tanto le gustaban,
y ya no voy a insistir,
sé que es su propia puerta de salida,
una proteína inofensiva que necesita desconocer
para tener la sensación
de que ser amado es un acto imparcial,
eficaz, cotidiano, un acto materno,
que depende, sólo, de ella misma.
Esta también soy yo,
y sí, nuestra hija lo sabe,
sabe que no es bienvenida
en todas las habitaciones de esta casa,
que hay puertas que, una vez que cruzo,
cierro para ella,
aunque yo no pueda darme cuenta,
a mi pesar,
porque yo no sé cómo arrancarme
este gluten inmaterno
que también soy totalmente yo.

 

De: “Nana de la medusa”

 

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