Tejes
Tejes.
Callamos. Yo leo,
que es mi modo de tejer.
La casa empieza a tener
frialdad de mausoleo.
Hace
frío.
Sí; hace frío.
Pon
otro poco de leña.
En el cuadro un árbol
sueña
y frente a él
corre un río.
Rafael
no viene más.
Ya
no viene más
Irene.
¿Y Dora?
¿Y Pedro?
¿Y Tomás?
Ya
ninguno de ellos viene.
Además,
¡cuántos se han ido
por éste o aquel sendero!
Otros nacieron, pero
también los hemos perdido.
Transcurren
unos minutos
en una quietud tan pura
que el tejido y la lectura
son perfectos y absolutos.
¿Oyes?
Salen de la escuela
los chicos.
Pues,
¿qué
hora es?
Hablan y cantan. Después
sólo queda una estela.
¿Han
llamado?
Sí, han llamado.
Nadie ha llamado a la puerta.
Está la calle desierta
como un camino olvidado.
El
reloj marca una hora
cualquiera en la eternidad.
Esta sí es la soledad.
Nunca la sentí hasta ahora.
Es
tarde.
Es
tarde.
Cerramos
la llave de luz. Salimos.
Hasta
luego.
Y nos dormimos.
Y después despertamos.
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