Estoy
acostumbrada al desvelo.
Mi cuerpo no decide su postura:
árbol – piedra – máquina que sangra.
Me
bautizaron con astillas.
Serás
callada y sumisa.
Serás de boca complaciente
dijeron antes del primer golpe
antes
de ungirme
con su saliva caliente sangre.
Y
sentenciaron:
de
ahora en adelante
te
llamarás como yo quiero.
De:
“Donde una vez tus ojos ahora crecen orquídeas”
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