CHINGADO,
Víctor,
qué
imagen
me dejaste.
Desperté.
Te oí discutir —siempre a gritos —il
Duce, der Führer, Stalin —camisas negras, camisas pardas, brazos en alto—
con los vecinos.
Volví
a dormir.
Desperté.
Salí al baño.
Vi
tu cadáver hincado entre los fierros, la mandíbula abierta, chorreando, un
guiñapo —il Duce en Milán, der Führer en Berlín, la peste roja le
pisa la derrota, la muerte negra, Stalin entre sus propias heces, tras una
puerta cerrada por el miedo, El lago de
los cisnes, cisne abatido. ¿Dónde estás? Grité. Lo descendimos. Intenté
reanimarlo. Inútil. Ya estaba frío.
Tengo
tu cadáver grabado en la mirada, en el corazón, en la memoria, para
siempre.
De: “El castillo de la impureza”
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