lunes, 5 de octubre de 2026

HÉCTOR RIVERO

 

 

 

Tatuaje

 

Cuando éramos niños
mi prima y yo
huíamos a la puerta de la calle
bien lejos del patio
para no escuchar
cómo mataban al puerco.

Mi bisabuela
de casi noventa años
que se lamentaba de que se le caía la cabeza
y se acostaba a esperar la muerte
daba el golpe final
a solas
cuando el matarife del barrio
había dejado el animal
aún vivo y sangrante.

Yo no comía la carne
al menos los primeros días
sentía el espíritu
aún tibio
los últimos aullidos
y recordaba
cómo jugábamos con él
tan pequeño
hasta que un día
por un descuido
lo mirábamos revolcarse en sus heces.

Siempre tuvieron el mismo nombre
estos cerdos
aunque para nosotros
todos eran distintos.

Cuando me preguntan si tengo tatuajes
digo que sí
uno solo
que nadie tiene
es un puerco
específico
y ríen
hasta que ven la cola
enroscada.

 

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