CAMINO
UNA CIUDAD SIN ROSTRO y sin centro, una ciudad donde los únicos habitantes que
se sienten parte de ella son seres seniles viviendo al borde del llanto o del
miedo. Ves sus ojos y solo sombras contemplas moviéndose en sus pupilas. Estos
pequeños seres, deformados por el tedio y la nostalgia, pueden decirte
perfectamente en qué lugar se desbordó el vaso de esta ciudad que nació anfibia
pero con el tiempo transformose en serpiente que repta sobre el polvo. Les
preguntas, abren sus bocas y escuchas gritos contenidos en sus gargantas: aguas
turbias abandonadas, la mujer de fuego que corre con un niño entre sus brazos,
una mano que florece entre las ruinas, calles lisas que se volvieron pliegues
sobre pliegues y más pliegues. Atónito entonces descubres que no entiendes sus
palabras, son entes petrificados, signos varados sin referentes; desean
orientarte, señalarte el lugar exacto que buscas, salida o entrada, pero no
comprendes o mejor dicho, al fin comprendes: esta ciudad, sus lugares y sus
calles, al igual que sus habitantes son fantasmas viviendo en los escombros de
la memoria.
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