Rituales
de baño
Compro
flores de varios tamaños y colores.
Cada flor me promete el paraíso,
pero lo que yo quiero es encontrar la paz
y la cima del otro lado de esta bañera.
El agua cae de la ducha como si viniera del cielo,
traída por ángeles dormilones, alegres, y me bañan.
Un jabón negro para expulsar
el veneno que lleva mi piel.
Negro como el destino y como la faz de la tierra,
como el covid-19, como las pandemias
y virus del mundo.
Las flores me alegran el día, el baño
y los orificios de la nariz.
El agua va quitando la tierra,
los muertos que me anteceden,
el vacío de la cigarra. De arriba abajo.
La espuma va llenando la piel herida.
Tengo miedo de que ogros me lleven a otro sitio.
No hay espacio para la fe.
Las hormigas me acompañan en el ritual
como si fueran testigos silenciosos
de una cumbre religiosa.
El agua va dejando todo en su sitio original. Rezo.
Pido por los vivos y por los muertos.
Por las almas en pena que no encuentran su sitio,
su origen o su nuevo camino.
Siento pena por ellos, y la pena crece,
se disuelve y se marcha del baño.
El agua cae como si cayera de otra vida,
de otra esfera, de un río imaginario
que nace en mi baño.
Tantas lágrimas derramadas
en este pequeño paraíso
y no hacemos nada para remediar el dolor
y las ganas de morir.
Tanto suicida en potencia,
tanto dolor encarcelado entre rufianes.
Tanto dolor que se marcha al ritmo
de una suave música
que solo un animal salvaje puede escuchar.
El agua pone todo en su sitio,
tarde o temprano, me repito.
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