PERO
no siempre fue así. En tiempos, este castillo no era tumba, sino hogar.
En
los bidones de miel venía el sol del verano —la piel tatemada, el olor a sudor
infantil y pasto verde.
También,
el olor de la leche bronca hirviendo, derramada sobre la hornilla, quemada.
Leche de nata espesísima, gruesa, amarillenta, con que hacíamos pan y
mantequilla.
El
olor del nixtamal y el de las tortillas al inflarse, el de los huacales y
costales de fruta, el del pescado fresco. Un universo de olores. Los olores de
la vida.
Y el
sol, el sol que se derramaba por la casa toda, limpiándola, entibiándola, y
jugaba con nosotros niños en el corredor, bajo la mirada de Dios Niño de las
palomitas.
De: “El castillo de la impureza”
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