martes, 3 de octubre de 2023

SAÚL ORDOÑEZ

 

 


 

PERO no siempre fue así. En tiempos, este castillo no era tumba, sino hogar.

En los bidones de miel venía el sol del verano —la piel tatemada, el olor a sudor infantil y pasto verde.

También, el olor de la leche bronca hirviendo, derramada sobre la hornilla, quemada. Leche de nata espesísima, gruesa, amarillenta, con que hacíamos pan y mantequilla.

El olor del nixtamal y el de las tortillas al inflarse, el de los huacales y costales de fruta, el del pescado fresco. Un universo de olores. Los olores de la vida.

Y el sol, el sol que se derramaba por la casa toda, limpiándola, entibiándola, y jugaba con nosotros niños en el corredor, bajo la mirada de Dios Niño de las palomitas.

 

De: “El castillo de la impureza”

 

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