(Archimboldo, otra vez)
Mientras
preparo la cena
y rebano las cebollas y los jitomates
y pliego la lechuga
como si le bordara una cofia al plato,
pienso en mi madre,
en su tristeza de los últimos años,
cuando ya no podía cocinar para nosotros.
La cocina se le llenó con el denso vapor
de los calores que la ganaron
cuando aún era una mujer hermosa.
Pienso en sus hijos
devorándola con rabiosa mansedumbre,
y
vuelvo a su silencio,
y me pregunto qué pasaba por su cabeza
cuando habíamos terminado de comer
y ella se iba a bregar
con la devastación grasosa de la costumbre.
¿Había alcanzado sus confines?
¿Era buena esa Arcadia
que se empeñó en levantar
tres veces al día,
como si una riada
destruyera su hormiguero una y otra vez?
¿Fue yegua o loba en ese amamantar sin descanso?
¿Tuvo nervios para el amor?
¿Tuvo amantes?
¿En
qué pensaba al picar las verduras,
al macerar la carne, al templar el fuego?
¿Tenía estas ganas de dejarse vencer, como yo ahora,
por el picor de la cebolla, por el desangramiento de las remolachas?
Estas ganas de derrumbarse entre la despensa,
en medio de los frutos feroces y las yerbas de insoportable olor,
quieta al fin,
como un Archimboldo en escorzo
al centro de la cosecha salvaje,
lejos del ruido y su maligna felicidad,
para hacerse un retrato,
un retrato en clave baja,
de serena
y purísima soledad?
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