La aparición
66
Como un soplo salió la sombra de Enkidú
del fondo del infierno salió a la luz del día
y a la luz de las palabras.
Gilgamesh lo abrazó lo besó le dijo:
—Cuéntame
amigo mío cuéntame
cómo es tu vida en el infierno
qué se ha callado ya dentro de ti
qué cosas no te dices ya a ti mismo
y qué han dejado de decirte a ti las cosas
qué palabras no recuerdas
de quién te has olvidado
qué ha quedado fuera de la luz de tu mirada
qué cosas te han quedado para siempre
del lado de la sombra y ya no ves
y sólo acaso intuyes
como sombras en las sombras.
Cuéntame amigo mío cuéntame
cómo es la vida en el infierno.
—No.
Nada te diré. Nada te contaré
pues si supieras cómo es la vida en el infierno
te sentarías a llorar.
—Me
sentaré y lloraré.
—Mi
cuerpo
que tantas veces abrazaste
como se abraza una esposa
lo devoran ahora los gusanos
igual que un trapo viejo.
Un apenas roce vuelve polvo
las yemas mondas de mis dedos
como cascajo de cigarras.
Mi cuerpo todo es polvo
acumulado en una grieta.
“¡Ay!”
Gritó Gilgamesh
y se cubrió la cara con las manos.
“¡Ay” gritó Enkidú
y se ensombreció su sombra.
—Al
que tuvo sólo un hijo
¿lo has visto tú en el infierno?
—Sí.
Lo he visto.
Mira amargamente la escarpia
de donde cuelgan sus pellejos
y llora sin cesar y sin consuelo.
—Al
que fue golpeado
por el mástil en el mar
¿lo has visto tú en el infierno?
—Sí.
Lo he visto.
Ése grita a su madre
que arranque su piel del clavo.
—Al
que yace sin tumba a media estepa
¿lo has visto tú en el infierno?
—Sí.
Lo he visto.
Su espíritu no tiene descanso en la tierra.
—Al
que no tiene a nadie
que se ocupe de su alma
¿lo has visto tú en el infierno?
—Sí.
Lo he visto.
Ése come la costra
que rasca de las ollas
y los restos de comida
que se lanzan a la calle.
“¡Ay!”
gritó Gilgamesh
y se arrojó a la tierra.
“¡Ay!”
gritó Enkidú
y se arrojó a la tierra.
De: “Siduri”
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