miércoles, 30 de septiembre de 2026

FRAN PICÓN

 

 


RECUERDO aquel solar enfrente de mi casa,
sus piedras y arena circunvalando los juegos,
el ruido de ausencias entre los cristales
y un viejo coche abandonado
que era nuestro viaje sin límite a lo prohibido.
Hubo siempre un aroma a incertidumbre
en cada uno de los rellanos de la escalera,
el tacto taciturno de las puertas cerradas
y de los felpudos impregnados
de tantas huellas sin nombre en los buzones.
Los desayunos con prisa y galletas untadas,
los estuches poblados de lápices de arco iris
y restos de goma borrando la ignorancia,
un compás huérfano de curvas
y un transportador de ángulos hacia lo imposible.
Las batas en el patio del colegio
encubriendo la pobreza que habitaba los bolsillos,
la mirada impenetrable de un viejo profesor
que, con el cigarro tatuado en sus dientes,
custodiaba el buen nombre de la apariencia.
Tal vez la memoria sea una mentira compulsiva
y los recuerdos tan sólo el engaño del tiempo,
pero yo, ahora que las canas tienen la mayoría absoluta
en un semiabandonado congreso en mi cabeza,
recuerdo aquel viejo solar donde no cabía la soledad.

 

De: “Al otro lado del abismo”

 

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