Miedo
segundo
Nada
tiene de espanto,
la
voz que me llama
exactamente
a mí
desde
la calle frente a mi casa
en
nocturna hora:
es
el breve despertar del viento,
una
lluvia fugaz.
Mi
nombre no enumera
mis
errores, ni me reprocha el pasado.
Suavemente
(Vittorio,
Vittorio)
me desarma, arma
contra
mi propio yo.
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