viernes, 8 de septiembre de 2023

MAURIZIO MEDO

 

 

 

Tren Europa

(Fragmento)

 

Nací en el último vagón de un tren llamado “Europa”. No ocurrió así exactamente. Pero me habría gustado comenzar este libro con una frase de ese calibre, cuyo estrépito resulte similar al sonido de una dambura rompiendo el silencio estepario de la noche balcánica. No la pude escribir. Aunque la historia no tenga principio ni fin, jamás pude oír el eco de una dambura. Tampoco conozco bien la estepa balcánica. De existir, el tren debió llamarse “Europa”. Partió desde el Mediterráneo un oscuro otoño de 1948, iniciando un largo periplo con el único propósito de que el Bora consiga olvidarlo. Los pasajeros no compartían nada entre sí, salvo el hecho de que todas las ideas que pudieron rescatar de sus países volaron en pedazos y que, tiempo después, de un modo completamente involuntario, serían también mis abuelos: il Nonni, Deda y Baka, cada uno comparecía ante mí como un paisaje sin precedente en la historia del mundo. Ellos hablaban distintos idiomas. Se expresaban en un tono menor sin entrar nunca en contacto, ni siquiera para pensar en la remota posibilidad de un malentendido. La historia solo pudo escribirse a través de esos éxodos. Me habría gustado decir esto en lengua ligure. Resulta muy semejante al élfico: chi veû vive da bon crestiàn, da-i begghìn o stagghe lontàn. Eso ahora importa muy poco, como entonces los europeos para América. Mis abuelos formaban parte de ese gueto. Aparte estaban los judíos, despojados de su acento como un recurso de legítima defensa. Mamá prefirió abdicar de tal presente. Ella pareció huir a través de una foto aparecida en La Stampa, un día de mayo en los años 40, y no encontró más recompensa que las ruinas de todos esos años perdidos.

 

 

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