Y,
un día, alguien preguntará —¿Te enteraste? —¿De qué? —Se murió Saúl —o dirá
—¡No mames, se murió Saúl! —¿De qué? —De soledad. De silencio. De pena.
¿Quién
me cerrará los ojos y tendrá para conmigo la piedad final que he tenido para
los míos? ¿O se darán cuenta por el olor, cuando el hambre haya roto el vínculo
y mis perros me hayan devorado el rostro, lengua y dedos?
De:
“El castillo de la impureza”
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