Un huracán vino y se fue.
¿Qué le decimos a nuestres hijes ahora?
Diles de las aguas. Aquellas por las que vadean,
que arden en sus labios. Diles que no le teman a las olas
que les bautizaron. Que el calor crece como un feto
y a partir de junio, otra marejada abortará en el viento.
Cuéntales de Guabancex. Diosa de una furia
destructiva y absoluta. Juracán, la tormenta que arremolina.
La palabra hurricane, traducción bastarda—a la deriva
de boca en boca. Diles que hurricane resopla árido e inmóvil
en la lengua—en titulares comestibles,
intercambios ligeros de camino al trabajo.
Hurricane suena a caña de azucar entre vendaval
—hierve en la bilis y asciende por la garganta.
Adviérteles que no digan esa palabra. Que insistan,
Juracán.
Que te abra la boca de ráfaga, que te parta el miedo a escombros.
Nuestres cuerpes lo bailan,
nuestro deseo ruge en espiral.
Nos organizamos ciclóniques
inhalamos desamparo, exhalamos tormentas.
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