"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 7 de octubre de 2026
ÁNGELA MALLÉN
La poesía
La
poesía es el arte marcial de la escritura. Porque en su lucha con la emoción
utiliza la disciplina mental. Porque el/la poeta se ejercita como un samurái
incruento, y busca la economía de movimiento, y busca vencer mediante la
suavidad.
En
cada poeta hay una persona emocionada, pero también analítica, pero también
minuciosa: un monje tibetano, una relojera de cucús, un artesano del vidrio.
Como el vidrio se trabaja el verso, promediando las temperaturas, la química
del color y la alquimia de la transparencia. Para escribir un verso, hay que
alcanzar el punto de maleabilidad, el punto candente. Pero una vez compuesto,
el poema es un objeto frío. El lector es quien lo reactiva. Lo vivifica. Le da
ritmo, melodía, armonía. Por eso, tan importante como un buen poeta es un buen
lector, o lectora.
ANTONIO MÉNDEZ RUBIO
Hay cosas peores
1/
Un
asunto de falta
de luz. Una estación a punto de quedarse
casi vacía. Una mano cualquiera
soltándose para oír ahora
el tacto desprendido de sí misma.
¿No bastaría
con eso?
2/
Fuera
aliento. Fuera palabra.
Se alejara de la raíz
por culpa de la atracción
aprendida de un cielo nuevo
o que fuera por lo menos un cielo.
Dijera
que sí
mirando los avellanos.
3/
No
es necesario acercarse
para escuchar nada.
Las marcas en la tierra, solas
a modo de rastro de nadie,
se dispersan simplemente
a consecuencia de la sequedad
o de un lenguaje que la diga.
Con que así se consigue
la atención de los demás.
La locura se pasa… repites.
4/
Sin
aire dividiéndose
en puntos alcanzados de más aire
pero sin luz, sin un poder
al que renunciar por el hecho de ser un poder
más… difícil va a ser
pasar el día
que nos espera.
5/
Buscando
otra forma
de buscar otras palabras
por un trance parecido al vacío,
pronunciada sin voz,
esa palabra
súbita o no
es justamente la que quedaba
aún por oírse alguna
vez por aquí.
De: “Peor que pedir”
HÉCTOR RIVERO
Mientras dure el apagón
I
Las manos juntas se desprenderán
para volver a sus sitios iniciales,
convirtiéndose en figuras ya gastadas
de tanto hacerlas
y en otras ingeniosas que inventamos.
Mientras
dure el apagón
en medio del silencio
se escuchará el susurro de estos jóvenes bellos;
de sus cuerpos que se pierden al desear
—contradictoriamente—
que no se encienda la luz de la casa
—la luz de la Isla—
II
Hay
una ciudad maravillosa a lo lejos
entrevista desde la ventana de aluminio
con sus resplandores de anhelo:
El cielo
aquí es inmenso.
Este
éxodo de luces
es la parada necesaria
para admirar la levedad de los cuerpos
y redescubrir la noche
como si fuera algo nuevo
que le ha nacido a la casa sin luz,
a la oscuridad de la isla.
LUCÍA PI CHOLULA
Por las noches nos duele crecer
Una
piedra de lumbre para hervir el agua
que bebíamos después de volar hasta el espacio.
En
los noventa teníamos menos de diez años,
vivíamos en una casa de jardines compartidos y cubos de escalera.
Nos gustaba saltar de la ventana al pasto y de regreso
—así empezaban todas las historias.
Mamá
lavaba muy bien las verduras
antes de prender la lumbre.
En los noventa, las niñas y los niños
enfermaban de cólera con facilidad.
Entre
mis versos se cuelan la diarrea,
el periodo de incubación y el vómito,
las arritmias por falta de potasio.
¿Recuerdas
que llegamos pasadas las 11:00?
No podía dejar de temblar.
De pronto no había luz,
un dolor, sí, un dolor aquí en medio del pecho.
¿Acaso
así se siente dejarme?
Moléculas que en un instante se tornan nubes.
Consume
jitomates fuente de potasio.
Yo nunca lavé los jitomates.
Sobre
la lumbre, el agua se llena de burbujas:
un cambio físico que mantiene intacta
la estructura molecular de la materia.
Hervir
el agua durante un minuto
o tres si vives en la Ciudad de México,
a más de seis mil quinientos pies de altura.
Esto ya se sabía en los noventa
cuando brincábamos todas las historias
y no conocíamos desasosiego.
Un
poema sobre mi madre y su olla de peltre,
sobre mi abuela, el cólera y unos jitomates.
Junto
las palabras de una infancia dividida.
La
epidemia de cólera en 1993 mató ciento noventa y ocho personas.
Hay sitios en los que la gente bebe directo de la llave,
aquí siempre hay que ponerla sobre la lumbre.
Si te le quedas mirando, no hierve.
Por
años bebimos agua tibia, libre de bacterias.
Enfermamos de gripa, tos y varicela,
mi madre combatió el cólera hasta que llegó el cáncer.
¿Acaso
así se siente dejarme?
Un cuerpo en combustión
que irradia luz, pero no calienta.
Apenas
una lumbre,
espacio franco por el que se cuela la luz de la mañana:
una claridad insoportable de vapores hincha el cuerpo
como la panza llena de lombrices de una niña
que pierde la vida en un lugar tan nuestro,
tan alejado del resto del mundo.
Como
los niños que morían en los años noventa,
cuando veíamos el canal cinco
y teníamos jardín
y no pensábamos y no sabíamos:
aún faltaba que nos doliera el cuerpo.
REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Coles de Bruselas
Comer
para esperar lo imposible.
G.
Didi-Huberman
Para
Román
I
Se
me había olvidado
septiembre
—el mes en el que me enamoraba—,
cuando terminado el verano
que no daba abasto
llegábamos por la colina
al bazar de un chino viejo
que le vendía a Marina
pulsos para la buena suerte
y a mí, aretes con mantras.
Que los mantras vuelven a ser falsos,
lo sé
ya tengo esa experiencia:
Om Mani Padme Hum
repetíamos
comiendo albóndigas
picantes
entre coles de Bruselas
y boniatos
salados
pensando en el año transcurrido:
la misma colina,
una subida:
una soledad
con el boniato sinuoso
todavía
en la boca.
No de la xenofobia,
sino del abandono
hablábamos.
Tú coqueteabas con la camarera
—una muchacha eslava—,
porque eso buscábamos
los abandonados
coquetear
cuando todo está vacío
alrededor
y fingimos ser inteligentes
—abandonados a pesar
de nuestra inteligencia
o por causa de ella.
II
Me
puse el pulso con el mantra
al revés
por indiferencia.
A pesar de que la música era buena,
el lugar agradable
y abandonado también
por la descomposición del verano
que presagiaba tormenta
rociando con gotas de licor
la taza de manzanilla verde.
Entonces,
tuve miedo a volver
un año después
presintiendo a cada paso
la muerte:
no poder subir la colina
perder los aretes,
el pulso
que llevaba ella
—su conmiseración
sobre albóndigas
picantes que cocinaba
con el mismo condimento
de los poemas:
un tiempo invertido
sin misericordia
para nada.
CARMEN ÁVILA
Lo del agua vuelve al agua
Sentados
al borde de la playa
Hiroki y yo en el mar de Okinawa
las olas nos acariciaban la espalda
nuestros cuerpos eran balsas
atadas al muelle del deseo
el oleaje nos abrazaba y jalaba
Hiroki
era un hombre de sílice
y yo traía puro granizo caliente
entre mi lengua salada
la
arena era nieve fósil
Hiroki tomaba un puñado
y las olas le arrebataban
a lo que él se aferraba
“Lo
del agua vuelve al agua” —pensé—
el amor vuelve siempre a sí mismo
se repite pronunciando diferentes nombres:
un día te llamas Martín, otro Frank y al mismo tiempo Hiroki
pero nunca puedo hablarte con la misma boca
sólo te digo barca, tierra marina, mójame
mientras escapas dejando pura sed entre mis labios:
(El
amor siempre regresa disfrazado
con otra cara y otro cuerpo
pronunciando otros hombres).
De: “País de nieve”
