Risorio
Una
tarde me caí de un columpio
y perdí el izquierdo frontal.
Mamá miraba sentada en una banca.
Papá, aterrado, tomó la pieza del suelo
y la incrustó como pudo.
No recuerdo con detalle aquel día,
me quedan la historia contada
y el diente frontal izquierdo por encima del límite natural
del resto de mi dentadura.
Después,
una adolescencia de aparatos bucales,
de dientes rectos hasta que se impuso la memoria.
Soy historia rebelada contra las modificaciones estéticas del cuerpo,
un músculo obstinado en delatar
las imperfecciones adquiridas en la infancia,
el vuelo frustrado de una niña que salta
de un columpio azul y se estampa contra el cemento.
Cada risa trae consigo el golpe de esa tarde de verano,
a mi madre sentada en una banca
y a mi padre tratando de restaurarme el cuerpo.
El
músculo risorio pesca los labios
y tira de ellos hacia la altura de las orejas.
Una risa de paisaje accidentado,
explosión que se burla del ahogo por el puro accionar
—consciente y vengativo—
de esa isla griega que llevamos inserta en el rostro.
La risa es también la tracción de lo que rabia:
perder altura en el primer intento,
una madre muerta después del verano,
una parte del cuerpo extraviada por un golpe en la infancia.
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