YO
no quise nacer en agosto,
ni tampoco en una gran metrópoli,
yo hubiera querido amanecer
entre la hojarasca de otoño
en algún pequeño arrabal
de una ciudad discreta
y sin nombre,
más allá de la última esquina,
justo antes del cruce de caminos.
No vine al mundo a la hora acostumbrada,
perdí una saeta en el desagüe del ombligo
y el tiempo entre los lazos del cordón umbilical,
arrastré la placenta hacia el lado salvaje
mientras en el hilo musical de la inocencia
sonaba la voz arrugada de Lou Reed.
Y es que en agosto no había nadie,
me recogieron de oficio en el paritorio del desliz
y en la incubadora de la oficina de empleo
esbocé mi primer poema de llanto.
Nací hombre por casualidad
y no por vocación, tal vez por accidente,
reivindico mi parte femenina desde entonces
y en la piel he facturado los deseos,
en aquel lunar sin órbita ni Selene,
apenas en un rincón escondido de mi cuerpo.
Y es que yo nunca, nunca quise nacer en agosto.
De:
“Al otro lado del abismo”
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